Aparcar a escasos metros de la terminal de embarque es beneficioso en términos logísticos y supone un ahorro de tiempo para el pasajero. Pero no todos los aeropuertos poseen una infraestructura de estacionamientos a la altura. Las tarifas abusivas, la seguridad deficiente o los problemas de atención al cliente son quejas habituales. Cuando se reserva parking aeropuerto Santiago, por ejemplo, las cámaras de lectura y reconocimiento de matrículas pueden ser incapaces de identificar el vehículo, impidiendo su acceso al recinto.
Como resultado de los fallos de lectura de matrícula y otros incidentes, el viajero se ve obligado a contactar con el personal del parking. La respuesta de los gestores no siempre es inmediata, lo que agrava la situación.
Las tarifas excesivas y los costes ocultos son otro motivo de malestar entre los clientes de aerolíneas. Por lo general, estacionar sin reserva previa acarrea un precio más elevado. Si el coche permanece inmovilizado más tiempo del permitido, habrá que abonar un recargo, aunque se haya sobrepasado la hora límite por unos minutos.
La seguridad y la vigilancia son sobresalientes en los principales hubs aeroportuarios del país. Pero ciertos aeropuertos suspenden en este apartado, por delegar la gestión del parking en empresas low cost. A las denuncias por robos y actos vandálicos se suman las quejas relativas a las malas prácticas del servicio de aparcacoches (aumento injustificado del kilometraje, desperfectos en la carrocería, etcétera).
Por otra parte, los aparcamientos de larga estancia suelen ubicarse a una mayor distancia de la terminal. Esto no supone un contratiempo porque el servicio de traslados o transfer comunica el parking con el aeropuerto. Ocurre que la frecuencia de los autobuses lanzadera es insuficiente en determinados horarios (durante la noche, mayormente) y produce fricciones entre los usuarios. Otras protestas van dirigidas al cierre del parking durante la madrugada.