Los rincones gastronómicos más deliciosos para disfrutar frente al mar este verano

Nada anuncia mejor el verano que esa brisa salada que te acaricia la cara mientras esperas la primera ración recién salida de la cocina. En la costa gallega, sentarse frente al mar a comer es mucho más que alimentarse: es detener el tiempo, dejar que el sol se derrita en el horizonte y saborear el producto que acaba de salir del agua. Y si hay un lugar donde esta experiencia alcanza su máxima expresión, ese es Sanxenxo, con propuestas que convierten cada comida en un pequeño ritual de felicidad. Por eso, cuando alguien me pregunta dónde comer Sanxenxo este verano, siempre pienso en una ruta lenta de sabores que empieza al mediodía y se alarga hasta que las luces de los chiringuitos se reflejan en el agua.

El día puede comenzar en alguno de los pequeños puertos donde los mariscadores descargan todavía las cajas humeantes de percebes, navajas y mejillones. Allí, en terrazas sencillas con manteles de papel, te sirven el marisco cocido en el momento, con esa textura crujiente y ese sabor intenso a océano que solo da la proximidad absoluta. Acompañas con un albariño fresquísimo que enfría la garganta y miras cómo las gaviotas planean esperando su parte. No hay prisa, solo el rumor de las olas y el placer de pelar cada pieza sabiendo que hace unas horas estaba viva en la ría.

Más tarde, cuando el sol empieza a bajar, la ruta sigue por las calles empedradas hacia esos locales que guardan la tradición de las tapas gallegas. Pulpo á feira cortado en rodajas perfectas, con su pimentón ahumado y el aceite que brilla; empanada crujiente rellena de berberechos o zamburiñas; pimientos de Padrón que juegan a la ruleta rusa del picante. Todo ello servido en mesas corridas al aire libre, donde la conversación fluye tan fácil como el vino y las risas se mezclan con el sonido de las copas. Es esa mezcla de producto humilde elevado a la excelencia lo que hace única la cocina de aquí: nada sobra, nada falta.

Al caer la tarde, la puesta de sol convierte las playas en un espectáculo dorado y muchos eligen entonces los restaurantes con vistas directas al Atlántico. Ahí llegan los pescados a la plancha o al horno, lubina salvaje, rodaballo, sargo, con esa piel tostada que cruje al partirla y una carne jugosa que se deshace en la boca. Las patatas cachelos, la ensalada de tomate raff maduro y un poco de limón es todo lo que hace falta para que el plato sea inolvidable. Mientras tanto, el cielo pasa del naranja al violeta y sientes que estás exactamente donde tenías que estar.

Y cuando parece que ya no cabe nada más, siempre aparece espacio para un postre sencillo: filloas con miel, tarta de Santiago desmigada o simplemente un helado artesano que se derrite rápido bajo el último calor del día. La noche se alarga en los chiringuitos de la playa, con cañas frías y raciones pequeñas para picar mientras la luna dibuja un camino plateado sobre el mar. Sanxenxo en verano es esto: una sucesión de momentos perfectos donde la comida, el paisaje y la compañía se funden en uno solo, dejando recuerdos que saben a sal y a libertad.